Segundo Manifiesto de las Juventudes Voodoo de Laboca
13/06/08 - 12:28H
El primero, desgraciadamente, se ha perdido, aunque hay quien especula acerca de la existencia de un facsimil
Las Juventudes Voodoo de Laboca (JVL) no se definen: lo hacen. No pretenden: logran. Como Laboca: banda de Hip Hop encarnada en músicos, frente a quienes fantasean en entrevistas con ser acompañados por músicos de jazz. Laboca no está mal. Nosotros somos la ostia.
Vienen a hablarnos de Laboca y nos largan ese rollo de "beats experimentales", "rap de culto", "la vuelta de lo ácido", "the Real Gothic Hip Hop". ¿Oscuro? No han visto nuestros culos.
Las JVL no somos una secta vudú. Pero exigimos como peaje la vida. Y decapitaremos a todo Maestro Gilipollo que reproduzca la ley y el terror del Amo.
Un pollo sin cabeza o un águila imperial que se queda sin bandera. Acupuntura en la braga robada o el joystick vibrátil de la Fetiche Station 6. Haití o Lavapiés. Las JVL trabajan para burlar el control de las autoridades, defender el propio poder de seducción, ejercer control sobre uno mismo, conjurar a los enemigos y prosperar en el lodazal.
¿Una misa negra? Sólo un bailongo para comprender que siguen gestionando por nosotros el lado oscuro. ¿Un zombie? Sólo un espantapájaros recordando que es mejor estar muertos que volver a ser esclavos. ¿Místicos? Sólo escondemos un rincón para que se vea el resto (frente al Lógico que, para explicar todo, todo lo oscurece).
El pepino-corbata supone la inserción y residencia prolongada en culo inocente de esta cucurbitácea atravesada por un cordel a modo de lazo. La hortaliza se carga con lo que no se puede ver. Después viene su remojo en licor fuerte y su caracterización como muñeco para operar. Las JVL somos la prótesis que no te resuelve nada, pero no puedes dejar de metértela. Somos el brujo que te la saca y lee tus restos pegados en la verga. Al finalizar, se disipa el poder ejercido por cualquier corbata.
Laboca dejó un día de limpiar su cocina y ya no hay dios que friegue. Y de una batidora de putos ríos revueltos no puede embotellarse precisamente agua de rosas.
Las JVL hacen en esta caca un agujero que deja salir a la hormiga. Por donde nos comemos Laboca, sacamos la cabeza. Al asomar, creímos tocar cielo pero estamos de mierda hasta el cuello.
El insecto se resiste al paladar. Nos gusta la canción que dura más de una vuelta de lengua. Somos los que pescamos sanguijuela y la exprimimos el licor denso que no resuelve la psicosis: acelera la pregunta del extraño en el espejo.
A nosotros no se nos resuelve por Ruffini. La peña invierte en máscara, cáscara y cara bisutería. Ruedan y ruedan los Kinder Sinsorpresa vendiendo la enésima fórmula de la Autenticidad. Huevos hinchados de saldo que trampean su denominación de origen. Ante tanto embarazo psicológico, Laboca sí tenía premio: nosotros, las JVL. Somos el juguete-trampa definitivo para el insaciable fetichista trepanador de los huevos.